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Galáctica

Miríadas de vuelos desalados convergen diversificándose ante ojos,
sin ver ave alguna cuyos donaires le pertenezcan.
Céntuplos de caídas estáticas dividen multiplicándose;
arriba, y con cifras entre sí,
y sobre sí:
con numerales permitidos en universos impidiendo discernir una galaxia.
Pero en nuestros espacios sé de ojos que verán, empero;
verán lo acá cercano -y a la vez lejano, sin embargo-:
sin comprenderse ante macrocósmicas visiones, aún.
Ante estos ojos hallo otro volar, y descubro:
los microcosmos por dentro inabarcables acallarán lo inménsuro distante.

Especie cóncava (4ª y última parte)

Arena y más arena habían traído los vientos que secaban cada árbol, cada fruto pronto a ser alimento de animales, arena gris, arena violeta volaba por los aires cayendo sobre todo césped verde. Lo hacía pérdida, recuerdo, olvido, lo deshacía para demostrar de esta forma la desaparición de cualquier vestigio celestial sobre tierra de hombres. Los monjes lo sabían, lo habían oído en procesiones y leído, lo sabían; como asimismo acerca de su impotencia cuando esto ocurriese.
La polvareda había secado los días y noches con mantos prontos para asimilar los rocíos desesperados y las lloviznas desconcertadas. La humedad ya no era tolerada sobre el manto que cubría todo haciéndolo seco, tenso e irremediable.
Aunque nada volviera a ser lo mismo, la especie no había huido frente a su posible extinción. Dándose con plenitud a la concavidad del fondo –y demostrando su prolija convexidad- se unió a su destino. Afirmó lo que desde siempre se había supuesto. Despejó dudas, las libró entre los huracanes de arena hasta llevarlas tan lejos como su definición de lealtad. Su compromiso se vio realizado cuando ya sin agua la laguna, un angosto cobertor ocultaba el suelo.
Arena, arena y más arena habían traído los violentos, los furiosos vientos hasta apaciguarse y dar paz a este territorio, al monasterio. Ya al advertir el cese de las inclemencias, los monjes habían retomado su rutina habitual mientras algunos se sumaban a la campaña de limpiar la pradera para que el césped volviera a ser llorado con penas funerarias. Es que el arcano maridaje había desaparecido, la historia de la especie había quedado como fantástica leyenda entre los lugareños, y la mágica bruma aniquilada en su propio espacio y bajo el mismo cielo sin restos para poder regresar.
Pero la especie no había muerto, y entre ella y el suelo de la laguna quedaba una verdinegra agua apresada con poca niebla.
Tanta sequía profetizada hubiera dado fin al ser vivo del lago, aunque pudiese perdurar de forma abstracta –apenas dotada con sentimientos de angustia-; tanta sequedad, secos vendavales acaecidos hicieron que la especia aún permaneciera de esa forma pues jamás alguien estaría dispuesto a reconocerla.
Ojos habían reposado sus miradas sobre ella. Ojos que nada advertían sobre las cualidades y capacidades de una forma, una silueta y figura que bien podía adaptarse al terreno en el que se dispusiera. Ojos que tal vez cerrados viesen en la convexidad de sus párpados una minúscula aproximación acerca de ella, aunque no en su color real.
La especie perdura ante cada uno siendo un ojo y un párpado. Abierto, cerrado, de una forma se ve y de la otra, no. La especie es un talismán que todos emplean sin saber lo que identifican; desconociendo la simbología audaz de lo que jamás ha de extinguirse, como húmeda pupila entre el prado monasteril de cada rostro humano.
La especie perdura y perdurará hasta que ya nadie desee ver, o emplear cada uno de sus ojos para que dos antípodas, bien y mal, se acaricien deshaciendo la dualidad que maltrata a cada hombre. Es que cuando un párpado se cierra, una convexidad se posa sobre una concavidad. Y aunque desde fuera esto no sea visto, el hecho es tan real como la subsistencia de la especie del pantano, como un ojo.
Ojos que se abren y cierran son un maridaje que se extiende durante toda la vida del hombre. Y pese a que éste no desee mirar, la especie debe cerrarse para humedecer la pupila que ve, registra y recuerda, que siempre verá y sabrá perpetuarse para demostrarse cóncava metáfora.

Especie cóncava (3ª parte)

Abajo, debajo del agua había quedado, fuera del alcance de cualquier visitante; excepto de la especie del pantano que nadaba y descendía, descendía hasta alcanzar el profundo suelo. Podía verlo. Era capaz de apreciar la concavidad desde un extremo hasta el otro, y recorrerla. Era capaz de palparla, de rozarla y revolcarse sobre ella desprendiendo diminutos remolinos que disiparaban poco a poco la bruma de la superficie.
Recorriendo el perímetro recorría los límites, las fronteras de la laguna, el lago que de las nubes devenía para estancarse verde neblinoso cerca monasteril simbológica estructura. Para quedarse estancado y asimilar agua, hacerla suya, gota por gota hasta completar, llenar litros mediante vertientes caídas desde una nube convexa pero que no había deseado serlo. Al menos no había ansiado que de esa forma la reconocieran por siempre y en todos los espacios donde iba.
Descendía, descendiendo cada vez más se enfrentaba contra el suelo profundo, y se extendía tal cual era, se expandía hasta cubrirlo de extremo a extremo. Todo el cuerpo de la especie abarcaba la superficie de la concavidad convirtiendo la mimetización en un abrazo firme, en una adoración entre ella y él.
Se hacían uno. Cuando la especie se acoplaba junto al suelo, uno eran ambos. Se producía una asimilación entre una concavidad y una convexidad, entre el suelo y la especie. Pero se veía un plano cóncavo de dos pieles, pues ya carne era este vivo hecho, carne de un animal divino fundido bajo densa húmeda masa de líquidos, sobre seca tierra barrosa martilleando por la compactez hermética del embelesamiento, del cariño superpuesto.
Se hacía una pintura verde, una escultura en dos etapas, una sinfonía con burbujas, una unión yugular entre dos poseídos, dos atrayentes mutuos ante la aparición del otro. Y ambos eran cóncavos y convexos a la vez, pero desde el espacio dado para verlos, cóncavos.
En esta posición se habían mantenido durante un soplido de huracanes arenosos, durante ningún lloriqueo desde los podios lunares, durante la escasez desmesurada de siquiera un rocío para despertar jardines de secos tallos. En esta posición y no en otra, la especie se había quedado sobre la superficie como si supiera que una sequía eterna invadiría los campos del monasterio, la laguna. Y ahí había decidido quedarse por saber que cuando el agua se evaporara y ya ninguna bruma ocultase el lago, ella podría seguir reinando donde había nacido.

CERTAMEN INTERNACIONAL DE CUENTO Y POESÍA

Hola, aquí traigo una noticia del mundo de la literatura, que se me ha solicitado difundir.
Para quienes se encuentren interesados en participar, transcribo el enlace:

CERTAMEN INTERNACIONAL DE CUENTO Y POESÍA JUNINPAIS2009

Un afectuoso saludo para todos.

Rudy Spillman
LIBRO ABIERTO

Los dueños de la verdad



En cierta oportunidad me encontraba participando de un tipo de reunión, de las que no suelo frecuentar. Mucha gente, mucho ruido. Bebida, música, humo. Al alejarme del lugar (no me refiero físicamente), podía observar los borrosos rostros del resto de la gente, entre tinieblas de humo de cigarrillos, acompañando el alto volumen de una música, la que nadie parecía escuchar y escuchando la conversación de la gente, unida en un bullicioso murmullo al unísono, el que, singularmente, no decía nada.
Yo tenía dos posibilidades: salir corriendo, para no quedarme en un lugar tan poco placentero, o encontrar y sumergirme en algún rincón de aquel insufrible lugar, en el cual pudiera encontrar el placer de la distracción y el disfrute. Opté por lo segundo. Quizás, como un desafío a mí mismo. Para poder así encontrar que el mundo puede ser cambiado desde sus pequeñeces. Si bien, no para todos, al menos para uno mismo. Y descubrir que una situación, por más límite que se nos presente, puede ser vista de otra manera. Y este pensamiento me alegró.
Me encontraba pues, de pronto, compartiendo una agradable charla con un compañero de conversación.
Y le decía yo a quien me escuchaba con verdadera atención, que existe gente que se esfuerza en encontrar el camino acertado, sin equivocaciones. Que repudian la injusticia, amparándose siempre en lo que consideran justo. Odian el mal y defienden siempre el bien. Y yo digo, que todos estos conceptos, virtudes y defectos, no existen. Solo se trata de una fantasiosa creación humana. Y lo único que en realidad existe es el resultado. Y agregué, no sin temer confundirlo aún más:

Todo es, lo que resulta ser, después de todos nuestros esfuerzos por lograr que fuera de determinada manera”.

Pareciendo entender a lo que yo me refería, pero aún no del todo convencido, mi interlocutor agregó:

Con ese criterio, lo único que se lograría es quitar todo el estímulo del ser humano, por concretar logros y perfeccionarse. Enmendar errores, cambiar rumbos, eliminar situaciones injustas. Luchar por el bien, intentando eliminar el mal. Con tu criterio, nada de todo eso tendría sentido”.

Cuando hubo finalizado, yo agregué:

Todos los esfuerzos que sentimos deseos de realizar, en base a nuestras más profundas convicciones, valen la pena de ser intentados. Podemos pasar una vida intentando cambiar cosas, esforzándonos por imponer principios. Todo esto esta calculado, debe ocurrir para llegar al resultado. Podremos sentir que lo hemos logrado con éxito o que hemos fracasado. Pero éstas serán sólo sensaciones. En realidad y de manera objetiva lo único que habrá es un resultado. El único posible y verdadero. Haciendo un rápido balance de nuestras vidas, podremos fácilmente concluir que luego de nuestros esfuerzos por influir en las cosas y situaciones, y habiéndolo logrado o no, en parte o en todo, éste es el único y verdadero resultado. Y definitivamente, no es ni bueno ni malo, no justo ni injusto, no acertado ni equivocado".

Mi interlocutor me dedicó una mirada muy extraña. Se levantó de su silla. Con muy buenos modales, dijo:

Permiso”.

Y se retiró. Apenas unos segundos después, se mezcló entre los borrosos rostros del resto de la gente, entre tinieblas de humo de cigarrillos, acompañando el alto volumen de una música, la que nadie parecía escuchar. Mientras tanto yo, quedé solo, escuchando la conversación de la gente, unida en un bullicioso murmullo al unísono, el que, singularmente, no decía nada.


Rudy Spillman
LIBRO ABIERTO

Lejano noviembre

Me gustaría poder expresar suavemente lo que siento, el paso de los días, el tacto de mi tacto, el devenir de mis sueños, de esta dulce apatía en que me hallo. ¡Qué lejos queda noviembre y el suave manto de la nieve que cubrió esos días! No quiero este paraíso artificial en que me encuentro, donde tengo lo que quiero pero no lo que preciso. Quiero dar lo mejor de mí pero a veces no lo consigo. Miro a través de la ventana y veo el futuro construido de catedrales para que dance el carnaval de los idiotas. Ayer, nosotros volábamos sobre ellas por cielos de palabras iluminados de doradas burbujas. No tengo dudas. Y sin embargo ahora no estás, no estamos. Aun pudiendo no lo hacemos. Tal vez sea lo que merezco. Y no quiero ser un soldado en batallas que no quiero. No soy soldado. Prefiero la belleza a la batalla para seguir creyendo, aun en el silencio de los días en que me encuentro, sin tus palabras vistas al través de tu mirada. Por eso vuelvo a la nieve blanca, allá tan lejos, a los pasos de la nieve en la que perdí la huella; por eso vuelvo a tu recuerdo.

Ven, dame tus horas y tus días, dame tus manos. Te regalaré mis siglos y mis dones, mi alma adornada de tímidas palabras, de poesías. Volvamos ahí, donde sabemos, si quieres, mejorados, al canto del champán en primavera, al berilo de las cumbres, a la suave cadencia de la mirada, a la magia de las noches, a la luz del tiempo, al sonido de la vida.

http://diegojlara.blogspot.com/

Especie cóncava (2ª parte)

Aunque estuviera como dentro de una cárcel, adoraba cada vínculo hacia el agua circundante, y veneraba cada inexorable ligazón. Es que nunca había emergido más que para mirar la bruma densa cubriendo la superficie, brincar o contener la respiración unos minutos contemplando verde luna sobre blanco pantano. Y a cada reflejo admiraba, a cada espejismo repitiendo circunstancias, adueñándose de las realidades momentáneas; hasta saberse libre estando en aquella prisión de agua compacta.
Durante ese otoño, durante el cuarto siglo en el que tanto la especie como los monjes habitaban ese prado, el monasterio se había ido puliendo, mejorando sus arcanas e histéricas ornamentaciones que libraba ante la expectación de cualquier visitante. Cuatro siglos, ya hacía cuatro siglos en que había sido escogida esa zona para la construcción. Porque después del milagro ahí visto nadie había dudado en santificarlo mediante siquiera un seminario para religiosos. Es que habían descendido nubes, de diversos tamaños y densidades, algunas de las cuales podían ser palpadas, sobre el terreno, bajo el cielo que había visto la fusión, la descomposición fronteriza para la revelación del prodigio. Y una nube había sido tan compacta que hoyó la tierra con su maciza envoltura.
Pero nadie siquiera había sospechado que una especie tan singular había comenzado a existir, a moverse cuando la primer lágrima del cielo se expulsaba desde las alturas como dejando caer a su hijo, o a una parte grandiosa de su reino.
La construcción del recinto sacro estaba compuesta por diversas cúpulas que se lucían convexas desde fuera. Cada persona al observar hacia arriba, veía una convexidad, una clase de aglutinamiento de presión del espacio que ahí estaba. Porque parecía preso, reo del encierro que la externa visión de una cúpula implica, preso por tanta presión para evitar su caída.
Abajo, debajo del agua había una concavidad para ser vista, apreciada como si una distensión, una esparción fuera. La mera vista que ésta traducía no era otra que la significancia de sustento, de amparo o espacio para morar sin inquietud alguna. Más allá de que haya sido producida por un volumen convexo (la nube), el hundimiento quedado había sido como dejado para revertir los orígenes o causas operantes, implicadas en su composición.

Sabios abismos

Donde crispan olas encantos rompientes,
mugen mareas sobre profundidades ocultas.

Hay un muelle, y hay arenas acicaladas por crecientes apariencias.
Los cantos oceánicos enfebrecen cualquier vista disuadiéndola.
Hay un pescador, y hay hombres en vano intento descifrando cuestiones mareáticas.
Y las oleadas encrestan su presión esotérica.

Pero no hay lagos inquietos;
los hay con dilectos aforismos preclaros,
bajo toda atención, ante todo buscador de identidades.

Serán sus profundidades continente y contenido:
sabios abismos donde serenos relieves descubran ninguna turbulencia en histérica revelación.

Autoconsejos

A continuación transcribo una serie de principios que he ido poniendo en palabras a lo largo de mi vida de acuerdo a mis experiencias y que me han ayudado y me ayudan a mejorar mi calidad de vida. Mi propósito es compartirlos con ustedes y que cada uno sepa descubrir su probable afinidad o no con dichos preceptos.



No intentes conformar a los demás, te estarás alejando de ti mismo.

Lleva una vida haciendo lo que te plazca con sólo tres limitaciones: no dañar al prójimo, no dañarte a ti mismo y no permitir que te dañen a ti.

Cultiva tu interior y no habrá adversidad que te doblegue.

No intentes mostrar quien no eres, la autenticidad no disimulada te traerá una paz interior que no se paga con nada.

Luego de un austero y objetivo (en la medida de lo posible) análisis, decide sólo tú sobre tus culpas y responsabilidades.

Hazte responsable de tus actos (errores) sin considerar el costo. Especular con ganancias y pérdidas en estos casos, a futuro, termina siempre en pérdidas.

No permitas que los demás te manipulen. Deja establecidos tus límites claros y precisos desde un principio.

Intenta conocerte cada día un poco más con la idea certera de que cualquier cosa que descubras estará bien o por lo menos mejor que manteniéndola escondida en el subconsciente.

No pretendas tener razón, nadie la tiene. En estos asuntos el que gana, siempre pierde.

No necesites explicar tus verdades. Con que tú las entiendas es suficiente.

Relaciónate con los demás pensando que eres tú.

Aprende a disfrutar de la soledad y el silencio. Acostúmbrate a meditar sobre bases diarias como si de necesidades biológicas se tratara.

Luego de haber agotado los medios de los que dispones para gozar de una completa salud, acepta las dolencias que te aquejen sin protestas estériles que sólo agravarán tu situación. La enfermedad es parte de nuestra salud. Sabe distinguirte de ella. Cuando deba estar, que habite sólo tu cuerpo.

Vive tu vida con coherencia y respetando tus propios principios y la muerte se te asomará como una amiga que te ayuda a dar los siguientes pasos y tú con satisfacción y sin miedo te envolverás en sus brazos.


Párrafos extraídos del libro: "EL PARAÍSO ESCONDIDO DETRÁS DE NUESTRAS DESGRACIAS" – Auto Ayuda Autobiográfica



http://libroabiertorudyspillman.blogspot.com

Enlace a Video Clip de YouTube:

http://es.youtube.com/watch?v=pi2osXRUbTk

Encontrarás todos los libros del autor en:
www.lulu.com.es

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Ecos

La voz como un eco que sale de dentro envuelve el aire en la conciencia de una mirada que se aleja por la línea del horizonte, donde el cielo y el mar se unen sin solución de continuidad. El eco de una guerra sin fin más allá de las fronteras del alma y de los cuerpos. Los sonidos metálicos sólo producen quejas, sonidos de vestiduras rasgadas, de lechos rotos, de perdidas miradas. Hay como un galope que se oye fuera, pero que nunca llega. El tiempo, cauto, espera y alimenta el deseo insatisfecho. El pecado se acrecienta. La vida se aleja. Agua. Sed. El rumor del calor en el ocre de los trigales suena a ausencias en el aire que calienta y despereza el ansia de vida, aun incierta. Almas derramadas. Opio. Amapolas. La voz queda, me acerca. Suavidad. Y cuando los sonidos, todos, desaparezcan frente al través de las rendijas de los ojos, quizás entonces sea el momento de andar el camino de la dulzura. Delectación ante la nada que invita a la vida, o el todo, o… Oír, oler, ver, saborear, tocar, amar. Ser. Vida. Deleite. ¿Más? No.
http://diegojlara.blogspot.com/

Especie cóncava (1ª parte)

Abajo, debajo del agua podía amar y ser amado aunque no por siempre. Respirando tan profundo hasta donde los peces no soportaban la presión, él abría sus branquias y descendía, descendía desde la superficie de verdes.
Una leve bruma expelía el pantano. Como si fuese una mano acariciándolo, la niebla no se alejaba más de un metro. La mayoría de las veces los monjes que sobre su entorno habían caminado no lo veían, aunque les era conocida su existencia. Mientras la bruma quedaba sobre el lago, lo ocultaba. Pero sólo a la superficie verde, porque no había ningún animal ni planta ahí. Porque sólo residía la especie del pantano.
Cada monje recién llegado, y llegado durante el ocultamiento del lago, no sabía nada sobre éste. Aunque les dijeran que ahí estaba, todos ignoraban, no suponían tan impactante lágrima divina quieta sobre esa concavidad sosteniéndola para la apreciación de todos. Y cuando veían se acercaban a rezar, a orar por la gracia de tener dentro de sus dominios a ese prodigioso lecho de agua verde aunque sólo el hombre del pantano durmiese ahí, respirara ahí, pudiese residir ahí como si su único destino fuera.
Este monasterio bien había oído acerca de la leyenda del pantano, de su presa, de su llanto y agonía. Sin embargo, ninguno de ellos había prestado atención, siquiera se habían inquietado por averiguar la procedencia de tales argumentos. Y mientras, había una especie viviendo ahí.

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