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Orillas

Ante hombres bajo nubes de estaño y sauces de papel
la mar mece su escote,
una orilla con dintel.

Mareas vapulean a quienes estrechan sus mirares desde cuellos
con hombros,
con hombreras de cristalinos retoques.

¡Gime la ola! ¡Derrama su estela!
Trenza una tormenta el fin de tanto visto.

Preguntan las nubes de blanco y los sauces de verde por quiénes libres son.

Destrenzan los tormentos cada cuestión con lluvias
para concluir,
para responder,
que presos son quienes huyen y libres quienes quedan.

¡Huyeron los hombres!
¿Huyó todo?

Traen las olas sus revuelos:
¡son bramidos de libertad!
Pero no hay ya quien los oiga.

La fuga (2ª parte)

Todo se deterioraba en pasados irrefutables. Las plegarias de quien siempre había exigido -siquiera una compañía estable- se deshacían como cada cuerpo inhumado, y yéndose tras los límites de los presentes diarios.
La velocidad de los desplazamientos se había acelerado tanto que ya nada veía. Solamente distantes sonidos habían crepitado como si gritos de despedida fueran. Y, mientras imploraba para que nada se fugue, nada lo había retribuido. Nada. No había ni remuneración por más insignificante ni incomprendida siéndole bendición. Nada, no había nada que le comentase (ni murmurante, ni sigiloso) que estaría en este mundo porque no quería marcharse. Y entre las vociferantes fluideces caóticas de cuerpos transfigurados, nada había podido contemplar.
Todo se fugaba. Se había estado yendo toda parte de toda entereza. Las pequeñeces habían desestructurado vastas y tensas obras implantadas con la intención de permanecer. Las glándulas ya prohibían emitir más conversaciones por aguardar la llegada hacia el otro lado. La verdad había dejado su mentira. Lo restante era orar. Pero, ¿ante qué?
El hombre postrado sobre un suelo movedizo había sido el único restante. Sabía que la posibilidad de huir junto al resto latía, había latido para que su débil querencia huyera. Y cada vez que un objeto lo atravesaba insinuándole las vetas por donde iría, había orado más, pedido más. Ya no imaginaba un Dios ante él, ya no. Imploraba como si él mismo lo fuese. Es que (a veces) creía que los dioses residían en un mundo solamente con el deseo de que todo volviera hasta ahí. Porque también especulaba que todo se había ido desde ahí.
Entonces, había pensado, la bendición por él buscada no había sido otra que la de irse. Porque la experiencia se lo había demostrado, y porque no había qué ni quién contrariándolo.
Tal vez hacia el mundo divino iban, con cada recuerdo, con cada figura desaparecida para reencontrarse.

…continuará.

"Ya no respira, pero continúa riendo"

El siguiente vídeo muestra una parodia cómica de lo que supuestamente debiera ser un velorio. Yo observo en su trasfondo un dejo de realidad deseada, una insinuación "seria" con una propuesta de cambio de mentalidad. Quien esté aferrado a las tradiciones y las culturas, a todo lo que recibió por enseñanza y no lo que se animó a enseñarse a sí mismo, pueda estar pensando que es una falta de respeto pensar así. Pero yo lo digo y lo pienso con el mayor de los respetos.

¿Quién puede desear, que una vez que ya se haya ido, sus seres más queridos queden aquí sufriendo? A veces, hasta sin poder reiniciar sus vidas normales. Creo que sólo quien sin advertirlo ha permitido que su ego se apodere por completo de su persona hasta lograr acompañarlo al lugar adonde ya no debiera poder llegar.

Es obvio que del lado de los que se quedan la historia suele ser otra. Me cuesta pensar que yo pudiera despedir a un ser querido haciendo una fiesta, festejando y riendo. Pero no cabe ninguna duda que, saber que ese es el último y más sincero deseo de quien nos deja cambia las reglas del juego, predispone a un cambio intrínseco, profundo, basado en la naturaleza de todas las cosas y arraigado en el verdadero sentimiento de amor.

Si evolucionáramos de tal manera que pudiéramos lidiar con la posibilidad "seria" de recibir "el último adiós" de la manera que lo plantea el vídeo (dejando de lado la exagerada connotación que intenta con justicia otorgar mayor comicidad al sketch), yo estaría entre los primeros en anotarme en la lista de espera. Además, de ser posible pediría en mi lápida la inscripción del siguiente epitafio: "Ya no respira, pero continúa riendo".




Enlace al vídeo en TouTube

Rudy Spillman

LIBRO ABIERTO

Las vidas paralelas de Nicodemo Román


Todo comenzó cuando terminé de leer un artículo, en una revista de divulgación pseudocientífica, que me entretuve en hojear mientras esperaba a que me cortasen esta desgracia de pelo que Dios, en su infinita sabiduría, me ha dado, sobre el famoso libro de Plutarco: “Vidas paralelas”. En él descubrí que ciertos personajes de la historia, y no precisamente unos cualesquiera, sino los más cualificados y mejor dotados de la antigüedad, habían tenido un paralelismo en los acontecimientos de su vida, si no casual si al menos buscado con otros individuos más antiguos, y que ya habían dado que hablar tanto a sus coetáneos como a las generaciones posteriores. Si dichas personas habían conseguido, de alguna manera, predisponer al destino para que unas vidas aparentemente mediocres, o no tanto, se transformasen en un acto continuo de aventura, placer, poder, etc., ¿por qué yo no podría realizar algo similar? Tan sólo tenía que poner todo el empeño en modificar mi destino, y ello, con paciencia, estudio y concentración, supuse, no tendría mucha dificultad, a la vez que me reportaría una vida excitante y digna de ser vivida.
El primer problema que se me planteó fue el de elegir el personaje con el cual quería tener un paralelismo en mi existencia. Tras darle las vueltas suficientes como para llegar a ninguna conclusión, decidí que, ¿por qué conformarme con una vida paralela y no ir en paralelo con varias, y de esa forma vivir lo más apasionante de las más apasionantes biografías de la historia? Pero una vez que resolví ir en paralelo a varios próceres, se me planteó un nuevo problema: ¿Qué próceres me habían de servir como espejo? Pensé en Tyrone Power, pero lo deseché rápidamente por su temprana muerte, aunque las loas a su belleza, su actitud y porte distinguido, así como aguerrido, en la película de El Zorro, me inducían a pensar en él como un personaje a tener en cuenta. Rock Hudson también me tentó, pero el hecho de enterarme de su homosexualidad hizo que lo rechazase; no por ella misma sino por su falta de coraje en la vida y, como es lógico, porque yo no lo soy, y mi razón de pensar en una vida paralela excitante no incluye la vía de atrás.
Había analizado la personalidad y la vida de tantos y tantos personajes de Hollywood que estaba empezando a desesperar. Y de pronto, como suelen ocurrir las cosas, lo encontré: Errol Flynn. Dios, sí, ese era mi hombre. ¡Qué hombre! Más diría: ¡El Hombre! Lo recordaba surcando el espacio sobre la cubierta de las goletas, en los barcos piratas, entre las jarcias, con la espada en la mano o el puñal en la boca, asido con los dientes sin dejar de mostrar aquella sonrisa tan seductora, tan encantadora. Recuerdo la forma en que aparecía y se deshacía de éste y de aquel, dando golpes a diestro y a siniestro hasta llegar a la heroína, y allí, tras entablar una lucha sin cuartel, eliminar al enemigo principal, al más feo, al más malo, al más fuerte, tras una ardua batalla en la que repetidamente había estado a punto de perder y que, gracias al destino que la diosa fortuna depara a los héroes, sale indemne; y no sólo eso, sino que surge cual ave fénix, con renovadas fuerzas y, en un golpe de audacia, y de suerte, por que no decirlo, se desembaraza del enemigo taimado y traidor. Y allí, en aquel marco incomparable de humo, de maderas carbonizadas, de velas rotas y mástiles caídos, bajo el fragor de los cañones y los gritos de los heridos, en la inmensidad del negro mar, de tan azul, manchado de sangre por las heridas, con la camisa desgarrada por la lucha, y sin embargo sin muestra alguna de sudor, con el pelo inmaculado, recogido en una coqueta cola y sujeto con un hermoso lazo, toma en sus brazos a la susodicha heroína, que tras acurrucarse en su pecho suspira, y él le da un beso en la boca como no he visto hacerlo a nadie. Así es como se besa.
Sí, definitivamente ese era mi hombre. Ya no necesitaba tener varias vidas paralelas. Con la de Errol Flynn era suficiente. Y desde ese mismo momento me lancé a una búsqueda frenética de todo lo que con su vida y milagros tuviese que ver. Pero claro, mis posibilidades de acceso a la información eran más bien escasas, insuficientes, y de poca enjundia. Una antigua enciclopedia Espasa comprada por mi padre hace una veintena de años, de seis tomos asaz delgados, y un acceso a Internet de lo más frugal (cada vez que accedía y escribía el nombre la página se bloqueaba tras mostrar una serie de direcciones en inglés). Y no es que no sepa mucho inglés, que efectivamente no tengo ni idea, sino que al intentar abrir alguna de ellas, el ordenador, herramienta infernal donde las halla, me mostraba un mensaje de error. Había palabras raras, como naked, orgiastic, algunas como homosexuality, o algo así, pues no lo recuerdo muy bien y ya digo que mi inglés es el que es. A pesar de mi nulidad sobre el idioma de los anglos, y de los sajones, pues también es suyo, deduje que homosexuality tenía algo que ver con homosexualidad, pero deseché cualquier connotación de ese estilo con el personaje, dadas sus actuaciones mujeriles; en cambio orgiastic si que me sonaba a las actividades que le suponía; en cuanto a naked, no tenía la más mínima idea sobre su significado, pero supuse que estaba en relación a orgiastic. Por otra parte, en una de mis largas noches ocupando el sillón que tengo situado frente a la televisión, viendo uno de esos programas que suelen poner para almas en pena, sobre las dos o las tres de la madrugada, en un caluroso debate sobre no sé que tema de insondable trascendencia del cine americano de los años cuarenta o cincuenta, llevado por siete personas sin nada que hacer pero con, al parecer, mucho que decir, surgió de pronto, tímidamente, el nombre propio que mi mente buscaba: Errol Flynn. Un fumador empedernido, pues llevaba desde que el programa había empezado, no menos de dos horas, unos seis cigarrillos entre pecho y espalda, lo dejó caer haciendo referencia a no sé qué, pues la verdad es que no estaba prestando la más mínima atención, toda vez que la razón de ver aquello es que no tenía ninguna otra cosa mejor que hacer, pero sobre todo que el mando a distancia de la televisión estaba roto, y mis ganas de andar eran mucho menores que mi capacidad de abstraerme de la sarta de sandeces que estaban diciendo aquellos personajes.
Puse toda la atención que mis sensores auditivos eran capaces de captar y pude colegir, por lo que decían a continuación, que la conversación versaba sobre las famosas fiestas que se organizaban en los años dorados de Hollywood. Y como decía uno de los contertulios, en ellas, uno de los personajes que sobresalía era el mentado Errol. Y apostilló: en una de ellas se puso a tocar el piano con su verga, de tamaño descomunal, por otra parte. Verga con la que penetró a unas cinco mil mujeres.No había más que hablar, u oír, en ese caso. Errol Flynn era mi hombre, o para ser más exacto, el hombre con el que debía llevar una vida en paralelo. El problema residía en cómo la iba a llevar, la vida en paralelo, claro. ¿Cómo lo haría? ¿Qué tenía que hacer? Nuevas incógnitas que se sumaban a un problema que ya creía resuelto, pero que se presentaba arduo y difícil. Sin embargo el premio se me antojaba, cuando menos, sabroso. Cinco mil mujeres eras muchas mujeres, demasiadas incluso, sobre todo si tenemos en cuenta que, a lo largo de mi azarosa y larga vida, pues estaba entrado en… bastantes años, vamos, que había pasado ya, con soltura, los treinta, tan sólo había estado con dos mujeres, una cuando era un infante impúber, con una muchacha allá en el pueblo, debajo de una morera; muchacha cuya característica más sobresaliente era un mostacho de lo más antinatural, y un ojo, para no ser muy cruel, diré que ligeramente estrábico, pero que se dejaba hacer sin preguntar. Y lo que mi timidez y mi horridez habían impedido hasta aquel momento, unos tragos de un vino tinto peleón en una boda, lograron que ella y yo nos diéramos de bruces en el suelo sombreado de aquella morera y perdiese, yo, la virginidad, que no ella, húmedo colchón de todo sexo varón del pueblo con ganas de él. La otra, pues como dije fueron dos, era una puta cuarentona entrada en carnes, que por poco dinero te hacía una felación, una veces con dientes y otras sin ellos, en función de si consideraba que la jornada había terminado y por tanto se decidía a quitarse la dentadura postiza, pues decía que, como no tenía mucho dinero, se había tenido que conformar con una dentadura de saldo, ya usada por otra mujer, algo más delgada que ella, pero que tan sólo la había usado un par de meses. Además de la felación, por un poco más de dinero, si se encontraba con ganas, te subía a la habitación de la fonda donde vivía y, allí, sobre las mugrientas sábanas de la destartalada cama, te montaba tras despojarse de la falda, casi siempre roja, en la que iba embutida, quedándose con el enorme sujetador, para sujetar unas tremendas tetas, ya que si se lo quitaba caían, las tetas, hasta el siguiente escalón, al perder la sujeción, que no era otro que una barriga abundante, con una ligera hendidura que se producía donde debía estar el ombligo, cuando se sentaba sobre mi sexo; con una mano cogía mi miembro y se lo introducía, mientras con la otra se acercaba a la mesita para coger un cigarrillo y un mechero, poniendo su sobaco a la altura de mi nariz, lo que a veces me provocaba cierto malestar de estómago. Y así, moviéndose cansinamente al compás de mi respiración entrecortada, se fumaba el cigarrillo; cigarrillo que se terminaba después, mientras se lavaba sus partes en el bidé y yo me vestía y me marchaba, pues siempre era así, corto, fugaz, sin palabras, sin preliminares, sin… nada.Descubierto el objeto de mis deseos, surgía ahora, cual nefando guardián de la llave que daba acceso a ellos, el problema de cómo vivir mi vida en paralelo a la de Errol (me permitiré esta complicidad, dada mi cercanía a él). ¿Debía leer el dichoso libro de Plutarco? Pues cuando comencé a leerlo, en un vano intento anterior, no lo hice entero, sino saltando hojas y párrafos sin un sentido aparente, con el sólo deseo de llegar al final, ya que mis conocimientos sobre la época y los personajes eran de una superficialidad que rayaba en la nada. Y ni aun así había llegado al final. ¿En caso de hacerlo sería capaz de terminarlo? ¿Estaría en él la clave? ¿En caso afirmativo sería capaz de desentrañarla? ¿Si lo hacía se cumplirían mis deseos? Demasiadas preguntas para tan poco tiempo. Pensé que un buen ágape regado con vino del tiempo me ayudarían a navegar en el infierno intelectual en que me hallaba inmerso.Y como los humores del vino traen esas cosas, la inspiración se apoderó de mí como por ensalmo y oteé, en la lejanía, y de una forma borrosa, bien es verdad, la manera en que había de actuar... El sueño, por los humores del vino, le llegó, por lo que decidió tumbarse en la cama a rumiar la idea mientras se dejaba llevar. O esperar a despertar y ponerla en práctica.Se tumbó en la cama, como tantas noches, solo, a esperar. Como todas y cada una de esas noches que a lo largo de su vida había pasado, en una tórrida soledad, insoportable y absurda, llena de desesperanza y de dolor. Pero esa noche tenía algo alegre en lo que pensar, una idea que realizar, algo por lo que vivir y por lo que luchar. Pero la inseguridad…
Los ojos se le entornaron y se dejó llevar. El sueño se adueñó de su alma y se pobló de imágenes de mujeres salvadas y rendidas en sus brazos, de volar entre las jarcias o cabalgar a lomos de un corcel con su heroína detrás, agarrada a su cintura, apretada su cara a la espalda de él. De besos infinitos. De amor. La cara transmutada en una sonrisa de felicidad. Como nunca. Y se dejó ir. El sueño se adueñó de su alma y ella, por una vez, vivió y sintió.Las manos cruzadas en el pecho. El cuerpo relajado. Una amplia sonrisa en la cara, por primera vez. Nicodemo Román, en sueños, vivió la vida en paralelo con Errol Flynn. Así debía ser siempre. Abrió levemente los ojos, pero no quería despertar, y los volvió a cerrar.


Nicodemo Román fue hallado muerto en su cama. Sobre la colcha color burdeos, tachonada de puntos de un amarillo intenso, a modo de soles lejanos y refulgentes en un atardecer espantosamente bello y lejano, como si de otra galaxia se tratara. El cuerpo estaba hinchado por los gases de la putrefacción. Llevaba muerto tres días. Olía como a queso de Cabrales. Lo encontró la señora que iba a limpiar una vez a la semana. Una rusa ya mayor con la que apenas hablaba, según le dijo a la policía, a la que llamó tras hartarse de gritar, por la sorpresa.El forense dijo que no sabía, tras examinarlo, a qué se debía la muerte. Que murió de paro cardíaco era evidente, pues el corazón había dejado de latir, pero que no encontraba ningún fallo aparente de cualquier otro órgano vital, salvo el hígado, que lo tenía a reventar, a punto de una cirrosis, por el beber, como era de esperar, pues en los restos que en el estómago encontró, el vino era el elemento principal. Aunque, tal vez, por un deseo atroz de no sabía qué. Pero que no era sino una simple especulación. Por ello no quedaba más remedio que rellenar el formulario con un: Nicodemo Román, de 36 años, falleció de muerte natural.
Diego Jurado Lara
http://diegojlara.blogspot.com/

Aletear

Zambullidos de nubes en los oceánicos universos
no son nados,
son vuelos.

Brotan de una hoja punteada con cosmos las plantaciones sin raíz.

Se acercan hasta aquietar toda mirada,
todo contemplar
de ojos parpadeantes,
de ceños estrechos.

¡No dejan descubrir sus rumbos!
No son planetas,
son nados sobrevolando las quietas orillas de quien observe.

La fuga (1ª parte)

Nada deterioraba tanto cuando lo presente huía. Quien imploraba ante las esqueléticas remanencias de toda ruina, aún veía un asomo orgánico desprendérsele como trizas de una carreta herrumbrada y lenta.
Se había postrado enfrente de las fisonomías que lo atravesaban, que lo habían desconcertado por inmóvil tras sus retiradas fugaces. Los elementos dispersos adelante de él, atrás y en ambos lados, habían estado circulando. Quieto, reiteraba las oraciones que decían de toda vigencia, un hito; y de toda ida, una desesperanza incurable. Pero habían márgenes, espacios donde cada ente se retraía volviendo sobre sus pasos –zigzagueantes-. Habían fronteras no tan estrechas que permitían un tiempo para reordenar sus desazones, y para que el acuerdo tácito por regresar sea un hecho preciado. Y sin infamias.
Permaneciendo estático entre las vueltas que desordenadas divergían para converger sobre él, había orado. Es que lo sinceramente valorable (según su postura) eran las presencias. Si un tratado había sido refutado, no deseaba su olvido, no. Porque si había existido, su existencia debía existir aunque franqueada estuviera. Y si ese nuevo axioma había propuesto la plena destitución del anterior, rezaba para que haya una estructura sin cimientos desvalorables por sus habitantes.
Su rezo hubo naufragado junto a los mares donde toda orilla era bendita, bienvenida. Era la querencia de una bendición de estar, de quedar, jamás huir sin vueltas, para conquistar en soledades fraternales a los cuerpos idos haciéndolos volver, uno por uno, hacia un mismo pasado existencial.
Las circunstancias móviles le habían quitado la creencia de que sus orares llegasen a cumplirse.
Y nada lo oía. Su rezo silencioso sólo dentro de él mitigaba un mundo añorado, sin tiempo y de amplitud espacial.
Sin embargo aún permanecía estático quien sin rosarios se había crucificado por un Dios sin muertos ni vivos. Pero esta eternidad parecía ignorarlo.

…continuará.

"Pre... munición"

Quien esté atravesando un estado anímico desfavorable, por favor, no leer el siguiente texto, el que pretende ser sólo de ficción.




Amanece nublado. Una suave llovizna molesta incesantemente. A todos. La pesada niebla de vapor condensado desciende desde los cielos amenazando con ser el solemne invitado que verá lo que vendrá. Pero nadie parece percatarse. Cada uno continúa arrastrado por sus cotidianos quehaceres, su llevadera rutina, montado en sus placeres y sinsabores sin detenerse a observar. Pero existe un dato alarmante que sólo las oficinas de los institutos especializados conocen: ha amanecido nublado con las mismas características climatológicas en cada rincón de la Tierra. Y donde aún es noche la oscura tintura de lo nocturno ha teñido el descripto paisaje mientras las mayorías durmientes no se han enterado todavía del fenómeno particular. Existe el periodismo que debe subsistir, noticieros, periódicos, internet. Existe comunicación humana como no la ha habido nunca antes. Libertad de prensa, instituciones democráticas, derecho a saber. Y finalmente se sabe. Nunca antes un marcado fenómeno climatológico había abarcado al mismo tiempo todas las latitudes del planeta. Entre algunos cunde el pánico y la alarma. Otros prefieren confiar y continuar con sus cotidianas actividades preservando su salud mental mientras los termómetros en todo el mundo muestran una acelerada y pronunciada baja de las temperaturas. Todos los medios periodísticos del globo terráqueo se ocupan de manera exclusiva de la noticia. En ningún pronóstico meteorológico se ofrece algún indicio de la cercana aparición del Sol.

Los días transcurren y la situación cambia para agravar. La molesta llovizna se convierte en intensas lluvias que con enojada fuerza golpean los hombros impermeabilizados de los transeúntes que continúan yendo a trabajar. Llegan las inundaciones, enfermedades, avanzan las epidemias convirtiéndose en pandemia. Pasa el tiempo y en vez de disminuir, las gotas de lluvia se convierten en amenazantes piedras de granizo aumentando su tamaño con el transcurso de las horas, hasta doler. Ya no resulta suficiente protegerse del agua, es necesario hacerlo de los verdaderos y solidificados proyectiles acuosos en que ésta se ha convertido. Islas y zonas bajas de la Tierra ya descansan bajo las aguas. Aumentan muy rápidamente los ceros a la derecha en las cifras de muertos y desaparecidos. Enfermos, están todos los que quedan. Los nosocomios en el mundo no dan abasto. Equipos de salvataje, ambulancias, helicópteros, grupos de asistencia van enfermando y muriendo como las propias víctimas que intentan salvar. Y todavía quedan algunos ingenuos que aprovechan la situación de emergencia para el pillaje. El robo y el hurto de bienes en una sociedad que se apaga le quita por completo el valor a las cosas materiales porque nunca lo han tenido. Quienes abrigaban las esperanzas de una situación pasajera van viendo diluir su optimismo en las profundidades de las tierras anegadas. El Sol, parece haberse retirado de nuestras vidas para siempre...

Aparecen los poderosos del mundo dispuestos a pagar fortunas por un rincón alto, seco y cálido. Pero pasan los días y ya ni con todas sus fortunas logran adquirir lo deseado. Las cajas fuertes esconden trastos viejos, las instituciones bancarias y financieras son parques de diversiones vetustos con sus juegos rotos e inutilizados. Inmensas fogatas de dólares, euros, libras esterlinas, libros... papel y más papel, que junto con toneladas de madera y cartón quemados previamente intentan procurar los últimos grados de temperatura cálida a disfrutar. ¿Y después qué? Lingotes de oro, joyas preciosas, diamantes... ya nadie los quiere ni logra cambiarlos por un trozo de pan. Son manipulados por las manos de los inocentes niños, como juguetes para distraer su atención de lo que se avecina.
Y cuando las lluvias merman y algunos ilusos comienzan anticipadamente a bailar, cantar y festejar aun habiendo sido despojados de todo por la sabia Naturaleza, incluso de su salud... débiles, enfermos, sin más que sus propias vidas maltrechas para recomenzar, empiezan a caer del cielo bólidos de fuego. Meteoritos encendidos con destino cierto y sin remitente aparente caen en cantidades cada vez mayores a lo largo y ancho de todo el territorio del planeta, sin distinción de razas, género, religión, edad, situación personal; sin distinguir entre buenos y malos. Incesantes "pppssssssst" al contacto del fuego con lo mojado y los vapores elevándose al cielo en medio de llantos, gritos, gemidos... desesperación. La Naturaleza parece querer terminar bien su obra. Y llega el final...

Todo parece haber terminado ya. Sobre la faz de la tierra o lo que de ella queda, todo es negrura y mojado aún. El frío de las aguas y el calor del fuego se fusionan desprendiendo un humeante vapor de terror, testigo de lo que ha sucedido. Todo arrasado, quemado, destruido. Aquí y allá el tallo verde de alguna planta que ha sobrevivido. O que renace de las cenizas. Algún perro vagabundo, caminando sus huesos con sigilo entre las ruinas en busca de algo con qué engañar su todavía peristáltico estómago. Algún ave solitaria en su vuelo lento y moribundo. Aquí y allá, algunos seres humanos, únicos testigos sobrevivientes y poseedores aún de la mayor de nuestras fortunas: su memoria.
Tierra, agua, fuego y aire, los mismos cuatro elementos que han terminado con todo son los que lo iniciarán nuevamente.
A lo lejos, muy a lo lejos, al ras del resquebrajado horizonte, el espeso y pesado manto de nubes se rompe y por entre sus grietas aparece tímido pero decidido... el Sol.

Rudy Spillman

A mi padre

Odié, desprecié, discutí, admiré y amé a mi padre de una forma que ahora, después de pasado el tiempo, me da miedo. Incluso, tras unos años de su muerte, pienso, a veces, en cómo era posible que existiesen esos sentimientos en mí. La edad supongo, sobre todo la pubertad y el deseo o el propio hecho evolutivo de crearte una personalidad, para lo que hay que oponerse a la norma, enfrentarse al poder, a la autoridad…
Pero el tiempo es sabio. Creces y ves. La distancia y el tiempo te dan una perspectiva que el presente no te permite. Te dan una visión de los hechos que el momento desvirtúa, dramatiza y agranda, e incluso que, vistos desde esa distancia, no son los que vivimos sino otros absolutamente opuestos.
Ahora, que el paso del tiempo me permite ver la figura de mi padre con suavidad, y que su ausencia es absolutamente total, lamento todas las veces que me enfrenté a él, no por el hecho en sí, sino por el dolor que le produje; lamento todos los quebraderos de cabeza que le hice pasar, que fueron muchos; lamento los sinsabores, las decepciones, las malas palabras, los malos gestos, los desprecios; lamento todas y cada una de las acciones que le produjeron dolor. Porque sé, ahora, que todo lo que hizo, bien o mal, conmigo, lo hizo con toda su buena intención. Equivocado o no en el fondo y la forma. Siempre quiso lo mejor para mí. Por eso lamento tanto todas esas cosas. Pero lo que más lamento y me hiere el alma, es la cantidad de veces que no le dije te quiero papá. Porque sé lo que lo necesitaba, lo que lo deseaba. Y lo lamento porque siempre le quise, le quiero y le querré. Porque es mi padre. De ahí el hartazgo de llorar cuando me despedí de él en la UCI, cuando no me oía, cuando sabía, a ciencia cierta, que ya no lo volvería a ver más.
Ya sólo me queda llevarlo en ese sitio del alma donde se guardan los recuerdos más hermosos. Allí donde siempre estarán las personas que más he querido y quiero en este mundo. Cuánto lo hecho de menos, a veces, ahora.
Por todo ello, quiero agradecer a mi padre el placer de haber estado con él en la vida, de que me haya querido tanto, de que me haya educado, de que me la haya dado. Aunque no esté a mi lado físicamente, siempre estará dentro de mí, como lo que es, mi Padre.

Hola... ¿hay alguien ahí?




Los problemas de comunicación creo nos acompañan a lo largo de nuestra existencia. Imagino a un homo sapiens (y disculpen mi continua referencia al mismo, últimamente, debido a que cada vez veo menos nuestras diferencias y más nuestras similitudes con el antecesor prehistórico) defendiéndose del "posible" ataque de su compañero e insertándole su rudimentaria lanza ante el amague de este otro, de lanzar la suya propia en la dirección del primero, pero sin advertir éste, que detrás suyo avanza hacia él un depredador...

Lo que debiera haber sido una defensa para proteger la vida de su compañero frente a la inminente amenaza de la fiera se convierte en la muerte del defensor en manos del propio defendido merced a la equivocada interpretación de los hechos y las intenciones.

Entiendo que el ejemplo no es el más feliz en el sentido de que la situación de emergencia descripta no permite demasiadas opciones ni ofrece márgenes de tiempo viables para la corrección del error. Pero no todos nuestros mensajes y sus interpretaciones presentan las mismas características y circunstancias.

Volviendo a nuestros días, he aquí otro ejemplo:

Hace ya un tiempo largo, observé entre tantos otros que intentan transmitir el mismo mensaje, un vídeo que utilizando de vehículo el humor, muy acertadamente coloca en escena y sin mencionar una sola palabra, una situación que si bien es algo exagerada pudiera ser real y creada sobre la base de no tomarnos el tiempo necesario para interpretar correctamente las situaciones. O lo que es lo mismo, el corto film muestra a su principal protagonista "saltando apresuradamente a conclusiones". He aquí lo que muestra el vídeo:

Un camionero, que trabaja con un camión-grúa-volcador, vuelve a su casa conduciendo su voluminosa herramienta de trabajo, contento ante la proximidad del encuentro con su esposa. Al llegar, ve estacionado junto a la puerta de su hogar un flamante y lujoso automóvil sport convertible. Con rostro de circunstancia se acerca a una de las ventanas de la casa por donde ve a su esposa recibiendo un ramo de flores de manos de un desconocido. Sin esperar un segundo más se apresta a actuar. Con actitud desencajada y enojado sube a su camión dirigiéndolo de cola hasta encontrarse lo suficientemente cerca del flamante convertible. Acto seguido y utilizando los mecanismos de que dispone su camión vuelca una tonelada de escombros sobre el vehículo dejándolo prácticamente inservible. Pero al ir en busca de su infiel mujer y su supuesto amante, se encuentra con que dentro de la misma casa, las cámaras de un canal de T.V. los está filmando a la vez que el conductor del programa luego de haberle obsequiado un hermoso ramo de flores, pone un cupón en manos de su esposa, la que se ve estimulada a mostrar el mismo en primer plano a la cámara. En ese momento ella ve a su esposo por la ventana. Repleta de entusiasmo y con una sonrisa que cubre su rostro, sin palabras puesto que él todavía se encuentra fuera, le muestra el llamativo cupón que los hace adjudicatarios al premio de un automóvil. El que se encuentra estacionado fuera.

(El mencionado vídeo fue publicado en LIBRO ABIERTO, el 7 de diciembre de 2007, en el artículo titulado: "EVITEMOS LOS MALENTENDIDOS", pero últimamente he podido comprobar que el mismo se encuentra fuera de servicio)

Lo que me llama poderosamente la atención es que después de haber transcurrido siglos y siglos y habiendo evolucionado tanto como especie no hayamos podido resolver este pequeño e incómodo problema que siempre nos trae consecuencias no queridas, desde las más leves e ingenuas hasta las más graves y que suelen cambiar nuestras vidas para siempre. Bastaría con decidir revisar el mensaje que nos está "aparentemente" comunicando algo que percibimos por medio de cualquiera o varios de nuestros sentidos y corroborar su fehaciencia. No nos insumiría demasiado trabajo y así nos aseguraríamos no provocar resultados no deseados por una mala interpretación que nos llevará ineludiblemente a entender la situación de una manera equivocada.

Rudy Spillman

LIBRO ABIERTO

La paloma bebió césped

Dejó la mula que el viento acorralara la esbeltez directa del unísono tartamudeo obturando un nido expuesto y sediento de burbujas de fuego sin retener ronquidos y quejidos para extremar la inicua sentencia que contuvo invisibles oraciones malhiriendo entre portones de plástico a la aguja vertedora del hálito insólito pero que recurrió al multilateral fondo verdoso para absorberlo designando la malevolencia que coartó al plumífero su inextinguible trecho de líquido para nunca sobrevolarlo espectando un fin inmemorial con hojas de seda pero indigno de un cazador que ignoraba la azarosa imparcialidad velada por menores coincidencias asiduas al fragor mal sentido de una carreta de plumas que cruzó el charco qué refleja

Glinnila (3)

Los ojos somnolientos y radiosos de Glinnila se abrían en ese instante, el avión llegaba a su destino. Nos despedimos y quedamos de encontrarnos a las siete de la noche en el Estadero El Malecón, a orillas del río Atrato
Perfumes escondidos subían de las aguas del Atrato, de los arbustos florecidos, de los meandros pensativos y los rosales lejanos, que la sombra poetizaba en largas simbolizaciones de blancura.
Al ver a Glinnila un poco mareada por el efecto del champaña, la invité a salir al jardín, donde los aires puros le quitaran aquel principio de mareo. Le di el brazo y nos pusimos en camino; llegando al jardín donde estaba mi auto ella desvaneció en mis brazos. Cuando lo puse en marcha, ella abrió los ojos y me sonrió dulcemente. La besé en la frente, sobre los ojos, en los labios...
El beso embriaga. Y, loco ya por la trágica locura de los besos, me dirigí a mi casa de soltero y, Glinnila, entró a ella, seria, serena, erguida, alta la frente, inmutable y fatal, como la más pura de las esposas al más puro de los hogares; y pasamos por el iluminado gran salón familiar, hacia el dormitorio, cubierto de mármol el piso y sus paredes tapizadas en lila; y el gran lecho de caoba, con sábanas de terciopelo, adornado por un acuario, donde voloteaban decenas de palomas blancas y cantaban varios ruiseñores, apareció ante sus ojos.
¡Salve virgen! Dijeron las brisas y las flores.
¡Salve virgen! Cantaron los turpiales encerrados en jaulas de marfil.
¡Salve virgen! Repitieron los ecos de la noche cuando como una paloma que entra al nido, la doncella intocada hundió sus carnes en las bellezas nítidas del lecho.
La acaricié con mis labios en los lóbulos de las orejas para excitarla, prolongué esa caricia por el cuello de marfil y el pecho adorable, que descubrí bruscamente, haciendo saltar fuera del vestido los senos duros y delicados como dos pétalos de rosa. Los mimé largamente, apasionadamente, devorando a besos las corolas rojas de aquellas flores de nácar, teñidos de un suave color canela. Allí descubrí la belleza de ese cuerpo de diosa, y tuve orgullo de ver las divinas carnes reposando sobre mi lecho, cálido y sensible, hecho de plumas de colibrí; y ya desnuda, quedó bocarriba, casta, pura y radiante, como una Venus emergiendo de las espumas inmaculadas del mar. Me entregué totalmente a la contemplación de esa Venus en su desnudez de diosa; y en la atmósfera calmada, tibia con los perfumes de su cuerpo, se sentía en el aire algo así como las vibraciones del himno triunfal de su hermosura. La poseí, suavemente, cuidadosamente, ardientemente, con una pasión tierna, sintiéndola gemir y sollozar bajo mis besos, en el encanto y el dolor de aquella desfloración.
¿Cuánto tiempo estuvimos allí en brazos uno del otro? No habría podido decirlo.
-Mi amor, a propósito ¿cómo te llamas verdaderamente?- le pregunté -, cuando ya satisfecha mi pasión la miré desnuda sobre el lecho como una margarita desolada.
-¿Yo?- balbuceó ella- como esquivando una respuesta inmediata y cubriéndose con los abrigos de la cama en un gesto noble bajo las claridades lunares...
-Sí, tú.
-Yo, me llamo una mujer.
La repuesta evasiva y extraña, me irritó hasta la cólera.
-La respuesta es idiota- le dije-, ése no es un nombre sino un sexo.
Temerosa de haberme disgustado, y como un poco miedosa, la joven dijo:
-Perdóname mi amor, no quise ofenderte, pero, ¿te das cuenta cómo me encontraste? Creo que ya cumpliste tus deseos y, además, ¿qué os puede importar mi verdadero nombre? Es que las mujeres que somos de malas, tenemos uno: nos llamamos placer, algunas más felices se llaman: amor y, calló, como angustiada y, quedó muda, como en un abandono inmenso, aspirando un perfume de recuerdos removidos por el verbo profanador. El amor- murmuré yo con un sordo rencor- como en una resurrección súbita de visiones, donde gritara el gran duelo de mi corazón debido a tantas desilusiones...
¡El amor! ¿Sabéis vosotras las mujeres lo que es esa palabra?
-No sabemos de ella sino lo que los hombres nos enseñan, lo que ponen en nosotras para llenar el gran vacío de nuestro corazón; él, es verdad o es mentira según lo dijeron los labios que nos iniciaron en sus secretos; ellos nos enseñan la sinceridad o la falsía; nuestra alma está hecha por la modelación de sus besos; fue la presión de sus labios la que la hizo alma de lealtad o de perfidia; todo iniciador de amor es un modelador de almas; la nuestra está siempre llena de su presencia. Absorto, inquieto, ante la oscuridad reminiscente de esta respuesta, y a la vista de ese corazón misterioso, del cual el secreto pugnaba por escaparse como un perfume, dije:
-Y, la tuya, ¿quién la modeló para el amor?
-¿La mía? Por las formas del mármol se conoce el escultor; no podéis conocer sino mi cuerpo; me siento orgullosa que me hayáis encontrado virgen; mi alma, mi pobre alma, esa no la ha visto sino aquel que la despertó de su sueño de arcilla y, que acaso no verá jamás...
Hundida en la bruma débil, su cabeza perfumada, parecía soñar bajo el vapor cálido del lecho y la penumbra.
En la calma oceánica de esa hospitalidad tan amable y discreta, ambos dejábamos dilatar nuestros sueños por el jardín tentador de los recuerdos, viendo resucitar las horas anonadadas del amontonamiento fúnebre y clamoroso de las inexorables cosas del pasado. Una inagotable onda de pesar brotaba de nuestros corazones, que parecían tenderse con un largo estremecimiento portentoso hacia el pasado.
Algo inquieto y analista, interrumpí el silencio, y con la calma gris de un psicólogo profesional, interrogué a la joven, que parecía dormida en un dulce poniente de cosas profundas y calladas.
-¿Qué edad tienes?
Ella abrió los ojos, y en sus pupilas color café intenso, pareció brillar un horizonte de devastaciones.
-Diecisiete- respondió débilmente- pero los años de mi corazón son infinitos.
-¿Quién te enseñó a hablar así?
-Aquel que me enseñó a pensar.
-Y, ¿quién fue él?
-El mismo que me enseño a amar.
-Y, ¿dónde está?
-Él, me enseñó también el abandono.
-¿Su nombre?
-¿El nombre suyo? Ahora, llama: dolor, ¿después? Llamará: olvido...
-Ese no es un nombre.
-El, encierra y devora todos los nombres. Y, como si hubiese tropezado con algo la desnudez de su herida, la joven clamó, más que dijo:
¡No me interroguéis, no me interroguéis! ¿Qué os importa mi pasado? Menos aun si es doloroso y triste, mi cuerpo ha sido vuestro, ¿qué más queréis? ¡Haz lo que quieras con mi cuerpo pero no toquéis mi alma! y, como si temiese que por debilidad le arrancase su corazón para mirarlo, la joven trató de incorporarse bruscamente del lecho, pero la detuve, diciéndole: perdóname vida mía, no lo volveré a hacer, y la cubrí con las ropas de la cama, con un gesto de verdadera y tierna delicadeza. Un gran sentimiento de piedad me vino al corazón, ante aquella mujer silenciosa, llena de poesía, tan misteriosa y tan inconsolablemente triste, y el poeta que dormía en mí se despertó, y mi musa abandonada vino a besarme en esa hora de felicidad sublime y, escribí en mi diario prosas asonantadas, lapidarias y sonoras, como queriendo decir: Yo también sé el camino de la inspiración. Y, en esa prosa rítmica, esculpí y canté el cuadro de mi ventura:
“Un silencio rumoroso, idólatra y religioso, un silencio de santuario, había en torno a ese sagrario, donde inerte y descuidada ¡Oh, mi diosa! ¡Oh, mi adorada!
“Y, en la atmósfera vagaban, mil perfumes que embriagaban; y en los ruidos vagorosos, habían besos amorosos, que vibraban y cantaban en el rayo de la luz.
“De rodillas ante el lecho, con las manos en el pecho, conteniendo los latidos de mi pobre corazón, yo en silencio te adoraba y en silencio recordaba, que esa noche ya pasada ¡Oh, mi negra desposada! Te dormiste entre mis brazos, y al reclamo de mis besos y al calor de mis abrazos, se abrió tu alma a mis caricias, de tu amor con las primicias, como al rayo del sol fulgido la rosa abre su botón.
“Y, al mirarte así rendida, recordándote vencida, busqué un sitio y a tu lado, yo el león domesticado la cabeza recliné...
“Y, pensando en el hastío y en el olvido hosco y sombrío, y pensando en que pudieras olvidarme o yo perderte, tuve miedo de la vida, sentí anhelos de la muerte, lloré mucho y en silencio, en silencio te imploré”.
Después me acerqué al lecho, y haciendo como había escrito, coloqué mi cabeza en la almohada y puse mis labios en los de mi idolatrada. Glinnila, abrió los ojos, sus grandes ojos de zafiro, somnolientos, echó atrás su cabellera, río de espigas luminosas, puso los brazos en cruz, y se desperezó indolente con un gesto de ninfa acuática, mientras la luz jugueteaba en los bellos jazmines de su cutis, centellando en el polvo de oro de sus encantos desnudos.
¡Eva!
¡Eterna Eva! ¡Tentadora de amor!
¡Bendita seas!
Desde aquel día nos vimos tres veces por semana, en el mismo sitio, y repetimos los mismos ritos de amor.
La misericordia de la vida, nos da el amor como el más suave elixir del olvido que puede apurar el alma angustiada de un hombre, frente a los dolores irremediables. De ese licor habíamos bebido Glinnila y yo y nos embriagábamos de él; devorábamos nuestra felicidad como a un fruto lleno de dulzura, y la envolvíamos en los cendales del silencio. Y, nuestros cuerpos se unían como nuestras almas, en un fervor olvidadizo de las cosas que nos rodeaban. Bien pronto, no fueron bastante esas horas para vernos y amarnos, y buscábamos para eso hasta el seno más oscuro de la noche. Vivíamos siglos en la sensación deliciosa de aquellos besos que parecían hacernos inmortales. Sólo la luz inoportuna de la aurora venía a llamarnos a la vida real, a separar nuestros corazones cada vez más ilusionados- porque la ilusión vive en todo: hasta en el corazón turbado de dolor y en el seno agotado de la muerte. En ese olvido vivimos, hasta aquella tarde que en el jardín, Glinnila, más adorable que nunca, me reveló la dulce verdad: estaba encinta, y se quedó viviendo definitivamente en mi dulce hogar. Y, la vi embellecer, como en una maravillosa transfiguración. Al mismo tiempo, ella, consolada, apasionada y conmovida por aquel afecto que la rodeaba de cuidados y de atenciones cuasi paternales, se enorgullecía ante aquella cosa inmensa que se llama amor; y en la gloriosa aceptación de su destino, ponía tan candorosa pasión, se hacía tan filialmente tierna para con migo, que sentía engrandecer mi corazón. Mis libros de Física y Matemática, inconclusos, aquellos en que vivía gloriosamente mi alma viril, volvieron a sentir la fuerza opresora de mi pensamiento y mi didáctica. La fiebre del trabajo, la radiosa alegría de producir volvió a apoderarse de mí; y la maravilla de las leyes físicas, y la belleza de los números, llenaron las páginas vírgenes, como un gran río crecido que inunda una llanura. Glinnila, añadía a sus otros cuidados, amor hacia mí. Ella misma pasaba a limpio los borradores, me ayudaba a corregir las pruebas, recogía y catalogaba los originales. Salíamos muy poco y rara vez recibíamos visitas; apenas sí frecuentábamos cines y teatros. No se nos veía jamás en cafés, y vivíamos abrazados a nuestra tranquilidad como a un escudo. Mi corazón conquistado por el amor, tenía la dulce y aterradora mansedumbre de un león dormido, se diría que había amado siempre.
Glinnila, cuya salud florecía como un rosal en primavera, bajo las dulces ternuras que rodeaban su existencia, empezó a sentir síntomas de parto, y fue hospitalizada ese mismo día. Esperé con el corazón lleno de incógnita y de tristeza. Al largo rato, salió el médico que la atendía, y con semblante tranquilo, me informó que Glinnila había dado a luz dos varones. Cuando llegué donde estaba ella, la vi inmóvil, pálida y feliz, y a su lado los dos infantes que dormían. La abracé y la besé en la frente, y mirando a los niños dije: Tú, que eres el mayor te llamarás Idin II, y tú, que eres el menor, serás Adrián II. Ella, contagiada de aquella alegría, me sonrió débilmente, me tomó las manos y me atrajo contra su pecho con gesto maternal, y con lágrimas de emoción dijo: Mi amor, estoy plenamente convencida que esos nombres encierran algún misterio en tu corazón o tienes un “alma mística”.
Aquella mujer enferma me parecía más bella que antes, y comprendí que no podía separarse de ella...
Todas mis ternuras, todos mis deseos antiguos me subían al corazón en un flujo desbordante, y me estremecía nerviosamente al recuerdo de mis ingratitudes, que hoy se me hacían odiosas y monstruosas...
¿Cómo había podido hacer llorar tanto aquellos ojos prismáticos que eran como el espejo de su alma?... Una sed infinita de hacerse perdonar me subió al corazón.
Nuevos informes médicos me hicieron conocer que Glinnila retrocedía en su curación, una hemorragia imprevista se había presentado y su debilidad agónica no podía casi resistirla...
Yo, en el hospital no se separaba de ella, y preocupado ya no hallaba como consolarla y, la miré vencida por la fiebre, calmada bajo la influencia de las drogas, extenuada, apenas visible bajo las grandes sábanas que la cubrían y, en el denso silencio donde el ojo humano apenas veía la constante presencia de las cosas, la tomé de las manos, y casi de rodillas la miré dormir. Aquellas manos ardían como una brasa y el pulso apenas se sentía palpitar bajo la piel.
¡Cómo crecía mi amor hacia aquel ser frágil e idolatrado por mí que apenas se dibujaba allí como un sueño de luna!...
Un gran deseo me vino de morir también al lado de aquella rosa que se marchitaba bajo el tétrico esplendor de la nada, ídolo de mi corazón, que guardaba aun el recuerdo de las caricias pasadas, y sufría el castigo de mi idolatría a la cual había dado mi esperanza cándidamente... Mi dolor crecía siempre inmensamente, desnudo, inconmensurable como un cielo y, sentí cómo la mendicidad de mi corazón era vasta, vasta como el espacio y, vi que no había limosna terrestre para mi soledad espantosa que era como un principio eterno de la muerte...
La luz matinal hizo abrir los ojos a Glinnila, pesados de fiebre y llenos de un sueño malo, como una aglomeración de visiones. Se incorporó penosamente; fui en su auxilio, la tomé en mis brazos y arreglé en torno suyo las almohadas dispersas, la acaricié como a un niño, la besé en la frente sudorosa y la abracé tiernamente contra mi corazón.
-¿Has dormido bien amor mío?- le pregunté-, mirándola fijamente a los ojos.
-Sí.
-¿Sufres?
-No.
Su voz era débil como un gorjeo de pájaro, y de sus ojos febricitantes se escapaba la gratitud como un himno.
-Y, tú, ¿has dormido amado mío?
-Sí, toda la noche; y la mentira corrió de mis labios como una miel de misericordia, y se extendió como un bálsamo sobre los bordes de aquella herida incurable; y mi corazón cargado de verdades, se miró en los posos grises de aquellos ojos sumidos en la penumbra, ojos que esa mentira hacía luminosos como lagos de asfaltos heridos por el sol.
La fiebre y la hemorragia agotaron tal mente las fuerzas de Glinnila que en aquel momento daba la impresión de muerte. Asustado, la llamé a grandes gritos desesperados:
¡Glinnila, Glinnila!...
Ella abrió los ojos brumosos, llenos de penumbra, y me miró vagamente, como si volviese de limbos muy remotos...
Glinnila, Glinnila- sollocé-...
No es nada, no es nada, dijo ella, débilmente intentando sonreír. La abracé con desesperación, ante esa visión de la muerte en los ojos adorados; y ambos temblamos en conjunto, en ese silencio lleno de amenazas... Ella, al verse tan consentida, lloró dulcemente, un reparador llanto de felicidad; yo la miré llorar, hundida en esa embriaguez de ventura, llena de una extraña sensibilidad, ante aquella felicidad de muerte que parecía un crepúsculo, y calló largo tiempo.
-Perdóname- dijo ella-, volviéndose hacia mí, y reclinó sobre mi pecho varonil la cabeza triste y casi inerte, como para sentir por última vez cerca, aquel corazón misterioso lleno de tumultos... y, un gran soplo de melancolía pasó por nuestras almas, como bajo un cielo incoloro, sobre un río de silencio...
Glinnila, ya no se levantó del lecho. Los médicos, desesperados, hicieron hasta lo imposible por salvar aquella vida, todo fue inútil, su corazón misterioso al fin dejó de latir.
Quedé como aterrado a causa del dolor. Y en mi desesperación, tomé los niños, salí con pasos lentos y me perdí en las sombras negras de la noche, envuelto en el eco de mi voz que decía: mi alma triste, profundamente triste, abrumada por el peso de tantos recuerdos dolorosos y tantas desdichas presentes, no tiene ni aliento ni voluntad para seguir resistiendo este infortunio monstruoso engendro de un destino desgraciado.

Acepto

“Antinómica ofrenda”.

Hablares complacientes pintan decorosos una promesa
cuando espero,
cuando ya en nada puede la voluntad hombría hacer.

Sus paisajes descubren un sueño soñado bajo pétalos párpados
mientras sé,
mientras lo espero.

¡Y ya llega!
¿Cómo saber si Dios o Diablo lo bosquejaron?
¿Cómo importarme?

¡Y ya llegó!
Los horizontes están bajo mi cuerpo y las distancias entre mis brazos,
cuando ya lo esperé,
cuando ya la voluntad sobrenatural paisajeó el cuadro prometido.

Entonces…
soy fiel,
y a quién no importa:
el marco del retrato me ha reflejado complacido.

Clara cadencia

Una antorcha cayendo desde ningún brazo no será la llama hallada. Su fuego que impacta clarividente, su estridencia destellando sobre la claridad del espacio, no cederán. Victoriosa clamará la continua caída.
Pero desde que la he visto caer, todos mis arrobos no quitan siquiera uno de sus ocres rojos vivientes.
Ella nada entre la blanquecina espesura del océano inmerso, y por debajo se atemorizan las profundidades. Nadando en el agua ¡que es viento de tierra rocosa!, alcanza todo rincón hasta alumbrar más y más sus pequeñeces. La rozo cuando anticipo su próxima inmersión y, palpando cada eufórico brío de luz, se desliza desde ambas manos como pez lumínico.
Pero sé, ya creo sospechar su rumbo. Es que tras haber brincado sobre los muros planos de los fondos submarinos, parece querer emerger y quedarse sobre las tierras donde habito. Porque mayores luces podría dar, mayor vigor para que cada quien vaticine sus direcciones a seguir. Y entonces aguardo.
Espero que emerja auténtica, ¡candente, como la marcha dada bajo los mares! Vislumbro que en mis manos nada permanecerá inexplorado, ajeno a mí, desconocido ante quienes oigan cuanto podré decirles. Horadaré montañas, crepitaré tierras cavando convexidades donde la residencia sobre ellas permita –si es posible- comprender que el reino de la luz comienza. Desde que posea esa daga mágica, esa antorcha inmaculada, también habrán responsabilidades para respetar. Sé que nada deviene sin su trueque. Que la irradiación de tanto poderío es cuestión de héroes, es una oración bien conocida. Puesto que he andado demasiados siglos aguardando siquiera una unción lucera para aclarar los vejámenes dirigidos contra quien ya pronto será el nuevo rey de los árboles, y dueño de las aves. Indicaré el camino. Sí, ya lo conocerán.
Ya, desde que ha iniciado su desplazamiento hacia las alturas, ya apenas restan dos metros para nuestro encuentro. La veo estridencial, como un crepúsculo brotando en la opacidad del entorno rodeándola. La veo, huelo su aroma a brasa.
Pero cuando atraviesa la superficie acelera su precipitado viaje elevándose más aún para después volver a caer. Sin poderla asir deja su caída libre sobre otros campos tan distantes como los fondos de aquel océano. Y no la vuelvo a ver.
Todo permanece con la claridad que ya antes se ofrecía. De nada hubiese servido dar más lumbre sobre estos campos; salvo si hubiera conducido a la antorcha adentro de las cuevas desde donde fui expulsado.
Entiendo mi ceguedad por ansiarla; y por volver a las cavernas oscuras, asimismo. No podré demostrarles, a los que ahí viven, las fisonomías de éstas (si es que las tienen).
Sin la antorcha seguiré siendo un peregrino, un extranjero. Seguiré siendo desconocedor de cuantas tinieblas oculten mi pasado, la historia de quien quiso conocerse.

El conocimiento absoluto


¿Cómo podemos medir el bagaje de conocimiento que atesoramos a lo largo de nuestras vidas? No podemos. Abarca el registro de todas nuestras experiencias, no distinguiendo entre las esenciales y las triviales, los detalles insignificantes o las cuestiones generales. Hace caso omiso a si su origen reside en la lectura, el aprendizaje a través de cualquier otro medio, información recibida por medio de los sueños, pensamientos, la adquisición de conocimiento que se obtiene de interlocuciones, charlas, conferencias. Cualquier medio que ingrese información a nuestra mente será válido, sin importar la veracidad o exactitud de la misma.

El conocimiento equivocado es desconocimiento y como tal forma parte también de nuestros conocimientos parciales, equivocados pero conocimientos al fin, para llegar a la verdad. Al menos, nuestra verdad.

Se dice que "el saber no ocupa lugar". Por supuesto, nuestra mente posee un tamaño infinito. Puede almacenar todo el conocimiento, el que también es infinito. Almacén de proporciones infinitas para almacenar mercadería en las mismas cantidades. Sin embargo: "sólo sabemos que no sabemos nada" (Sócrates, filósofo griego).

Pero esta última frase no intenta decirnos literalmente que "no sabemos nada". Entiendo que se trata de una forma de expresión que insinúa algo muy concreto: "no importa cuánto conocimiento adquiramos a lo largo de nuestras vidas, siempre su significación será como "nada" frente al conocimiento total y absoluto que no reconoce límites y cuyo volumen es infinito como el del mismo Cosmos".

También debemos contar con la posibilidad de que nada de lo que pensamos que es sea, en cuyo caso estaríamos equivocados en todo y nuestro conocimiento sería nulo. Debemos colocar sobre la mesa todas las opciones. A partir de allí podremos ir acercándonos a algo con la esperanza de que esto sea el conocimiento y la verdad.

Existen teorías que aseveran que todo el conocimiento, incluyendo nuestra historia y la de todo lo existente, envolviendo el pasado más remoto, el presente y todo el futuro que esté por venir, cohabitan en nuestra mente. No me extrañaría que así fuera. Hasta diría que coincido con ello. Constituye uno de los grandes misterios de nuestra existencia. De allí que resulte estéril intentar tener razón. Nadie la tiene. ¿Quién sabe la verdad? ¿Dónde podremos encontrarla? ¿Quién o qué nos dará la seguridad de haberla encontrado?

Los límites de nuestro cuerpo físico, nuestra dimensión en la tierra, las características de nuestra razón, intelecto, afectividad, se encuentran aprisionados todos dentro de una diminuta y grosera fantasía. Intentamos escapar de nuestros cuerpos para conocer. Pero ni siquiera lo sabemos. No logramos encontrar tierra fértil para esta mágica semilla que somos y que por tal motivo no logramos hacer germinar. Llegarán los tiempos...

El filósofo francés René Descartes dijo: "Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro".

Me parece obvio que lo que este gran filósofo intentaba recalcar es el abismo existente entre nuestras posibilidades de conocimiento y todo lo que no sabemos ni sabremos nunca durante el transcurso de nuestras vidas, pero que sin embargo está allí.

Sin ánimo de crítica hacia esta eminencia de la filosofía moderna y teniendo en cuenta que cada uno cierra los negocios de la manera que mejor le parece, yo me atrevería a ofrecer todo lo que sé por el uno por ciento de lo que ignoro.

Rudy Spillman

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