Abajo, debajo del agua podía amar y ser amado aunque no por siempre. Respirando tan profundo hasta donde los peces no soportaban la presión, él abría sus branquias y descendía, descendía desde la superficie de verdes.
Una leve bruma expelía el pantano. Como si fuese una mano acariciándolo, la niebla no se alejaba más de un metro. La mayoría de las veces los monjes que sobre su entorno habían caminado no lo veían, aunque les era conocida su existencia. Mientras la bruma quedaba sobre el lago, lo ocultaba. Pero sólo a la superficie verde, porque no había ningún animal ni planta ahí. Porque sólo residía la especie del pantano.
Cada monje recién llegado, y llegado durante el ocultamiento del lago, no sabía nada sobre éste. Aunque les dijeran que ahí estaba, todos ignoraban, no suponían tan impactante lágrima divina quieta sobre esa concavidad sosteniéndola para la apreciación de todos. Y cuando veían se acercaban a rezar, a orar por la gracia de tener dentro de sus dominios a ese prodigioso lecho de agua verde aunque sólo el hombre del pantano durmiese ahí, respirara ahí, pudiese residir ahí como si su único destino fuera.
Este monasterio bien había oído acerca de la leyenda del pantano, de su presa, de su llanto y agonía. Sin embargo, ninguno de ellos había prestado atención, siquiera se habían inquietado por averiguar la procedencia de tales argumentos. Y mientras, había una especie viviendo ahí.
Una leve bruma expelía el pantano. Como si fuese una mano acariciándolo, la niebla no se alejaba más de un metro. La mayoría de las veces los monjes que sobre su entorno habían caminado no lo veían, aunque les era conocida su existencia. Mientras la bruma quedaba sobre el lago, lo ocultaba. Pero sólo a la superficie verde, porque no había ningún animal ni planta ahí. Porque sólo residía la especie del pantano.
Cada monje recién llegado, y llegado durante el ocultamiento del lago, no sabía nada sobre éste. Aunque les dijeran que ahí estaba, todos ignoraban, no suponían tan impactante lágrima divina quieta sobre esa concavidad sosteniéndola para la apreciación de todos. Y cuando veían se acercaban a rezar, a orar por la gracia de tener dentro de sus dominios a ese prodigioso lecho de agua verde aunque sólo el hombre del pantano durmiese ahí, respirara ahí, pudiese residir ahí como si su único destino fuera.
Este monasterio bien había oído acerca de la leyenda del pantano, de su presa, de su llanto y agonía. Sin embargo, ninguno de ellos había prestado atención, siquiera se habían inquietado por averiguar la procedencia de tales argumentos. Y mientras, había una especie viviendo ahí.



















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