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Especie cóncava (3ª parte)

Abajo, debajo del agua había quedado, fuera del alcance de cualquier visitante; excepto de la especie del pantano que nadaba y descendía, descendía hasta alcanzar el profundo suelo. Podía verlo. Era capaz de apreciar la concavidad desde un extremo hasta el otro, y recorrerla. Era capaz de palparla, de rozarla y revolcarse sobre ella desprendiendo diminutos remolinos que disiparaban poco a poco la bruma de la superficie.
Recorriendo el perímetro recorría los límites, las fronteras de la laguna, el lago que de las nubes devenía para estancarse verde neblinoso cerca monasteril simbológica estructura. Para quedarse estancado y asimilar agua, hacerla suya, gota por gota hasta completar, llenar litros mediante vertientes caídas desde una nube convexa pero que no había deseado serlo. Al menos no había ansiado que de esa forma la reconocieran por siempre y en todos los espacios donde iba.
Descendía, descendiendo cada vez más se enfrentaba contra el suelo profundo, y se extendía tal cual era, se expandía hasta cubrirlo de extremo a extremo. Todo el cuerpo de la especie abarcaba la superficie de la concavidad convirtiendo la mimetización en un abrazo firme, en una adoración entre ella y él.
Se hacían uno. Cuando la especie se acoplaba junto al suelo, uno eran ambos. Se producía una asimilación entre una concavidad y una convexidad, entre el suelo y la especie. Pero se veía un plano cóncavo de dos pieles, pues ya carne era este vivo hecho, carne de un animal divino fundido bajo densa húmeda masa de líquidos, sobre seca tierra barrosa martilleando por la compactez hermética del embelesamiento, del cariño superpuesto.
Se hacía una pintura verde, una escultura en dos etapas, una sinfonía con burbujas, una unión yugular entre dos poseídos, dos atrayentes mutuos ante la aparición del otro. Y ambos eran cóncavos y convexos a la vez, pero desde el espacio dado para verlos, cóncavos.
En esta posición se habían mantenido durante un soplido de huracanes arenosos, durante ningún lloriqueo desde los podios lunares, durante la escasez desmesurada de siquiera un rocío para despertar jardines de secos tallos. En esta posición y no en otra, la especie se había quedado sobre la superficie como si supiera que una sequía eterna invadiría los campos del monasterio, la laguna. Y ahí había decidido quedarse por saber que cuando el agua se evaporara y ya ninguna bruma ocultase el lago, ella podría seguir reinando donde había nacido.

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