Demando a quien tema mostrar el susurro de su pena.
Ingratitud nunca más innoble cargan mis desentendimientos al reconocer esos mutismos,
esos aspavientos del interior océano convulso.
Los lagos están marchitos, y la tierra desagotada;
la hierba no suena y el insecto silabea ante el inconcluso tiempo que no se dio en ellos,
y aún así oigo sus penas.
Y contra el ventanal ya ninguna espera se dice capaz de darles tregua,
y aún así oigo sus penas.
¡Sin cortinajes!
La noche de los murciélagos tibios no hará cerrar esta ventana.
¡Sin cortinajes!
Las cortinas cubren como otra pena malsana a quienes no soportan saber si sentimientos son paisajes de un mundo humano.
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