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Melodía escribe

Emperador sonoro
Ruidosas vibraciones estentóreas me desembocaron en el maduro silencio del letargo que permanecerá siendo mi compañero hasta mi entierro; pues ya, ya ninguna irritación me conduce hacia la palabra.
Si fui escritor al desmandar a una elocuencia, hombre fui al renunciar a mi reclusión cuando hube destrozado el ventanal vidrioso para ser parte de la humanidad. Mi escrito tendrá su vigencia o no, estigmatizará a lectores o volverá indiferente hasta la trascendencia que me lo deparó; más yo, al quien el mas sincero esqueleto lo impacienta para convivir junto a los otros, jamás creeré que mi desigualdad semejase fortunios. Apremiado por ese hielo de ser ajeno voltee el lápiz y abrí el libro de las aperturas socegables. Pero sus páginas inauditas me revelaron que no ha de haber hombre que sin emitir un mensaje díscolo se reencontrase consigo mismo y se juzgara pecador por individualista. Otros textos desfiguraron mi terca renuencia demostrando que todos participan mediante estremecimientos para desistir frente al globo de las blasfemias. Aquel libro rectificaba a la herejía por mi desconsiderada y a la que nadie desdeñaba. Cerré el volumen suponiendo al resto en favor con mi pasado de sonidos.
Desde cada instante en que aprecio el dorso de un libro, desde aquél de las aperturas socegables, más me convenzo de que cuando había escrito, había existido; y que la explosión de vidrios no fue más que el reposo debido al trajín que me había cuestionado capaz de reconocerme.
Durante cada instante en que observo a un ventanal, mi pretérito entusiasmo que había malinterpretado se mancomuna con los que aún no han sospechado de sus propios murmullos. Y los aliento: para ser emperador primero debo servir.


Que suene
Que truene entre las columnas de los monasterios macizos el fervor relampagueante; que se inunde la copa del santuario con la segregación de mi temperamento; que callen los vocablos, los emuladores, ante el vértigo de mi sonoridad. Que suenen ritmos incompasivos, destelarañando si sistemas los contrarían. Aún cuando si sus métodos sean exhaustivos; aunque oiga de éstos un anuncio de que lloverá durante la tormenta. Sonidos de vértebras, crepitaciones de intestinos, son los ciegos vigores de mi aullido que no desespera; que se contrae para revertirse voluble mediante las extremidades. Golpetéos de mis pies. Descalzos –la piel contra el cemento- exhiben la prédica de una frase tartamuda. Frase sin mayúsculas ni minúsculas por ser una oración sin pasado ni futuro; rezo que no justifica a ningún fundador. Pues desde la inocurrencia deviene para ser transmitida por mis miembros. Fricciones de mis dedos. Las yemas contra la madera, exasperadas, reescriben un intento de ser escritor de la melodía insospechada. Renuevan, reevocan la traslación de paisajes centralizando en mi cabeza la última oportunidad de despedirme por estar convencido de que no merezco ser su autor. Con mi frente daré mis saludos. Resquebrajaré a un vidrio que me protege con iniquidad del exterior, de las tranquilas consecuciones de despropósitos. Ya, encarnando al entumecimiento, los movimientos de mi cuerpo cesan y la faena se realiza. Ya he roto la transparencia y mi pensamiento ha desaparecido tras su libre vuelo.

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