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Ineludible

“Los cuerpos del cielo, vistos desde la Tierra,
parecen no mantener las mismas
distancias que los de ésta.”
Anónimo

Cada campesino laboraba sobre el césped gris a una seca anaranjada hoja. Estaban distanciados mediante varias hectáreas de campo el uno del otro. Aunque sus trabajos hayan sido los mismos, aunque sus manos demostraran las mismas rudezas sobre nudillos opulentos, el destino decía que jamás habrá para alguien un fin previsto y común a otro.
Cuando el primer campesino, el delgado y de tez blanquecina había sujetado la caída hoja y la había guardado, pensaba en el hacha. Sin ser leñador, lo había pensado. Y el segundo, mientras, guardaba dos, tres y hasta cuatro hojas. Era robusto, y apenas translúcido.
Ya el delgado se decidía por comprar el hacha. Es que quería ser leñador. Quería ser quien enfrentase a los grandes árboles azotándolos con su arma; quería demostrarse feroz, sagaz y campeón al derrumbarlos tras seguidas estampadas.
Rompiendo ramas, resquebrajando las periferias de un anciano sauce, el robusto deshacía con sus manos. No necesitaba herramientas. Su mano, antebrazo y cuerpo entero bastaban para el oficio de un cabal leñador. Y se había llevado varios troncos hacia su cabaña.
No quería ser leñador. Pero lo era.
Sin quiebre alguno, el delgado no podía debatirse contra los árboles, no podía ser lo que hubo deseado. Pues ser leñador había sido su anhelo, mas la corteza le enseñaba tras cada golpe que nunca ha existido quien deseara hacerse solo su camino y fin. Decidiendo de forma completa sobre todo asunto por más nimio que resultara.
Hay creado un destino propio para cada uno, le decía. Él no oía, persistía hachando en vano.
Todas las maderas obtenidas por el campesino leñador habían sido dejadas donde caían, donde cada brisa tal vez la llevara hasta una tranquera, una ruta. Y él, nada quiso de ellas saber.
El césped es gris cuando trata destacar a lo que hay que apreciar, decían. La hoja es naranja, y por esto se destaca de su entorno. Entonces ambos hombres habían estado destinados a recogerlas, salvarlas de su pérdida y olvido. A ninguno esto le resultó interesante. Cada uno había quebrado ramas, con deseo o sin él. Pero lo habían hecho.
El hombre blanquecino se opacaba durante la noche, y el translúcido se fundía haciéndose una aureola su blanco cuerpo. Esta nube se disgregaba cada vez más aunando a cada hombre. Unía sus destinos para cubrir de la tempestuosa claridad a las hojas, hasta siempre.

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